El blog de Érika

Escribo, para que la vida no pase en silencio


Las canciones tristes

Tengo una relación complicada con la felicidad. Hagan de cuenta cuando una persona dice que no sabe bailar para evitar el ridículo, en caso de no hacerlo bien o para no generar expectativas. Hay muchas cosas que sé que hago bien y aun así prefiero que nadie espere nada extraordinario, porque entre la mínima tolerancia a la frustración y el temor que tengo a fracasar, me la he pasado los últimos años viviendo en piloto automático y arriesgándome lo menos posible. Es una manera aburrida de vivir, lo sé, y también sé que no siempre fue así, pero no he podido reconocer realmente en qué momento cambié tanto. 

Hace casi veinte años publiqué La Mujer del Vampiro. Es cuento viejo, lo sé, pero la satisfacción que me invade cuando recuerdo a la persona que era en la época en la que sucedió, me alcanza para levantarme el ánimo hasta en el día más lluvioso. Era joven, estudiosa, soñadora y además escribía bonito. Tenía novio y clases los sábados. Me alcanzaba el tiempo para todo. Era todo lo que de niña soñé ser. Me quería comer el mundo, me enorgullecía de mis calificaciones y un día, sin ninguna vergüenza, me paré frente a todo el mundo con una tarjetita de papel y una promesa, y conseguí financiar mi proyecto más ambicioso: un libro del que nadie sabía nada, pero en el que todo el mundo creyó.  El día del lanzamiento se llenó el teatro de la universidad y por un momento saboreé la dicha de conectar con la gente a través de mis letras. 

Y luego me perdí, supongo. 

Ha sido complicado volver al cauce. Entre la indefensión de no tener un verdadero círculo de apoyo en el país, las noticias migratorias, los horarios de trabajo escandalosos, los malestares físicos y el miedo constante a no ser suficiente, la felicidad se vuelve un concepto ajeno. No imposible de lograr… solo “extraño”. Y cuando aparece, cuando tengo esos días en los que siento que las cosas van por buen camino, me siento rara, como que no pertenezco o que va a desparecer en cualquier momento. 

He dejado de escuchar canciones tristes. Creo que es un avance. Quiero abrazar esos momentos en los que me siento contenta con lo que sea que esté pasando y bajarle dos rayitas a la inconformidad y a la sensación de no poder controlar todo lo que pasa a mi alrededor. Fluir, como dicen las nuevas generaciones, no es uno de mis atributos, pero supongo que hay que seguir intentándolo. Estoy cansada de “sobrevivir” y jamás vivir, quiero volver a ser quien era cuando le conté al mundo sobre “La mujer del vampiro”, quiero hablar con la misma pasión de “El ruido que hacen los latidos”. 

Necesito volver a ser yo. Esta no soy yo. Es una sombra.

Ya no quiero ser una sombra.



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