Dentro del texto incluí los vínculos a algunas entradas para que las visiten y tengan contexto de todo. Creo que fue un ejercicio interesante y divertido.
Sabía que en algún lugar de mis escritos (y de mis miedos) había hablado de él. La mayoría de mis textos viejos, especialmente los más poéticos, siempre tienen que ver con un hombre al que quise mucho. En estos días reflexionaba sobre etapas de mi vida donde nacieron ciertos escritos, y en su gran mayoría tienen que ver con una persona en específico.
La Mujer del Vampiro, mi primogénito, mi bebé, mi ópera prima (ya verán que esto se va a leer muy bien cuando sea famosa *guiño, guiño*) nació sin lugar a dudas gracias a mi primer novio, y no porque me haya inspirado en nuestra historia, que para nada fue un romance truculento, sino porque él estuvo ahí en cada letra y en cada paso, acompañándome y brindándome su apoyo incondicional que aún, casi dos décadas después de su publicación y de nuestro rompimiento, agradezco con el alma. De hecho, hemos seguido en contacto, nos saludamos en navidad y en los cumpleaños y cada vez que hay noticias sobre algo que escribo es uno de los primeros en felicitarme o comentar.
El Preludio del Paraíso, mi segunda publicación, no es más que un compendio de textos que le escribí a tres personas distintas de las que, según yo, me enamoré en los años posteriores al rompimiento con mi primer novio. Todos amores platónicos porque, ahora que soy adulta responsable de mis emociones (no que no fuera adulta en esa época, solo que ahora soy consciente de lo equivocada que estaba), me doy cuenta de que le escribí al anhelo de enamorarme y ser correspondida, cuando los susodichos estaban en una página completamente distinta a la mía. Todos aquellos textos tienen un tinte poético y melancólico tan marcado que cuando los leo me da envidia de las cosas que escribía en mis veinte, la forma en que jugaba con las metáforas y con comparaciones como labios de caramelo u ojos de mar. Me gustaría escribir así de nuevo, pero para eso siento que tendría que volver a experimentar esa adolescencia tardía que trajo más dolor que buenas anécdotas.
Luego, cuando conocí a mi segundo novio oficial, hubo una pausa que aun, a mis casi cuarenta, no sé muy bien cómo describir. No creo que no lo quisiera, o tal vez creía que lo quería, pero no sabía si como amigo o como hombre. A veces creo que me afanaba mucho por quererlo o porque en el fondo yo interpretaba lo que teníamos como lo que debía ser el amor sano y consecuente, pero aun así nunca me inspiró a hacer poesía o a dedicarle mis letras más intensas, quizás porque él estaba esperando que lo hiciera y me celaba con esos amores de antaño que inspiraron otros escritos. Se sentía en desventaja con ellos y me hacía sentir culpable, pero no por ello inspirada. No tengo memoria de algo que haya escrito por él o para él.
Después, otra pausa. Una más larga, unos cuantos años cambiando de vida y de trabajo, mejorando algunas cosas, desorganizando otras. Y llegó el blog en El Tiempo.
Mi experiencia con los blogs se reducía al discreto sitio que usaba para publicar mis catarsis, allí donde están la mayoría de los escritos que hacen parte del Preludio, pero lo del diario El Tiempo fue otra cosa. Para esa época trabajaba en una importante aerolínea en Colombia y no me pregunten cómo, pero mis textos empezaron a tener una relevancia que jamás imaginé. Gente de todas partes me estaba leyendo y me comentaba sus propias experiencias, con la esperanza de que yo las convirtiera en narrativa curiosa y anecdótica. Personas con quienes jamás hubiera imaginado entablar una conversación, se acercaban a mi para tomarse un café y contarme sus penas. Empecé a ganar fama de consejera y gurú, cuando no tenía ni idea de cómo gestionar mi propia vida. pero fue una experiencia muy agradable.
Hasta que lo conocí: El quincuagésimo primer amor de la vida.
Lo llamé así porque yo tenía fama de enamoradiza y empecé a bromear con que este sí sería el elegido, el número cincuenta, lo cual era una exageración a todas luces. Pero lo que no fue una exageración fue la esperanza que deposité en él. En él, y en que en lo nuestro podría funcionar.
Para escribir esta entrada me fui a releer cosas del pasado y aunque fue hace casi una década, no solo envidio a la persona que se sentía cómo me sentía escribiendo eso, sino que la extraño. Esa historia de amor tenía potencial, (no tanto como El ruido que hacen los latidos, *guiño, guiño*), pero por Dios que a veces me gustaría volverlo a ver para darle un par de bofetadas y decirle “¡Mira lo que pudimos haber construido!”, solo basándome en lo platónico de mis letras. Porque eso fue todo, amor de una sola vía. Incluso, me vine a vivir a este lado de los Estados Unidos porque según el mapa, estaba más cerca de Montreal.
Si algún día quieren hablar de gente ilusa, nada más me mandan un correo y escribimos un decálogo.
Pero cuando dije al principio que recordaba haber hablado de él, no me refería al quincuagésimo primer amor de la vida. En ese caso, diría yo, que sería el quincuagésimo segundo, el que llegó cuando lo del blog de El Tiempo ya había perdido su encanto y aunque me había mudado a este país con otras expectativas y sueños (incluyendo lo que ya mencioné de Canadá), la vida me dio un giro de 180 grados y tuve que adaptarme a nuevas dinámicas, sin amigos y sin familia, pero con la convicción de que sería por mi bien.
A él lo conocí en un trabajo y decir que fundamos Chernóbil 2.0 sería quedarse corto. Sé que es una referencia muy maltratada, pero es que los niveles de toxicidad de esa relación llegaban a la luna. Me costó un montón entenderlo y superarlo, pero también de ahí salieron un par de escritos muy interesantes, como El encanto tóxico de los apegos, que relata bellamente cómo tuve que coserme solita las heridas y seguir con mi vida porque él no estaba dispuesto a construir nada conmigo.

Sin embargo, como la vida es un ciclo y hay gente que no se entera de nada a su alrededor (o fingen no enterarse, que me suena más lógico), este hombre al que quise mucho años atrás, volvió a aparecer y, aunque al principio me generó un poco de nostalgia y lo vi como una oportunidad de reconectar con alguien con quien usualmente tenía temas variados de conversación, con el transcurso de los días y de nuestras charlas, empecé a entender que sus intenciones eran claramente retomar donde nos quedamos hace años, por allá en la época en la que yo me aferraba a cualquier migaja con tal de no sentirme sola. Conectó de nuevo conmigo justo cuando su relación de pareja (la más estable que le he conocido, dicho sea de paso) comenzó a pasar por un mal momento y, conociéndolo como lo conozco, le ofrecí una voz de aliento, pero me mantuve al margen para que no me malinterpretara.
Aun así, lo hizo. Finalmente se separó de su pareja y con la excusa de querer iniciar una nueva vida me buscó y me ofreció pasar tiempo de calidad a mi lado, bajo la premisa de querer iniciar una nueva vida, libre de todo. Como, evidentemente no soy la treintañera soñadora que se deslumbró con su acento y sus bonitos ojos tiempo atrás, hasta el punto de olvidar mi nombre, solo levanté la ceja y suspiré. Le escribí a mi mejor amigo diciéndole que alguien estaba interesado en volver a cogerme gratis y sin compromiso y él soltó una carcajada. Luego me dijo que estaba orgulloso de mi, cuando le confesé que mi respuesta a los avances del susodicho había sido como la canción de Shaki con Ale: Te lo agradezco, pero no. Creo que ahí murió el asunto, porque no me ha vuelto a escribir.
Ya pasaron algunos días y todavía, cuando me imagino su rostro escribiendo esos mensajes, sacudo la cabeza y me doy cuenta de que hay gente que jamás madura. No vamos a hablar de su edad porque van a creer que me inspiré en él para El ruido que hacen los latidos y no es así.
Volver a leerme siempre es un placer, pero debo confesar que cuando pasan cosas como esta y tengo estos escritos que me recuerdan lo vulnerable que me he sentido y las heridas que se abrieron a través de los años para convertirme en la persona que soy ahora, me da un poquito de pena por las cosas que permití, pero al mismo son un registro de que las batallas que he librado a favor de quererme a mí misma y no conformarme con menos, han valido la pena.
Y ustedes, ¿conocen una historia similar?, ¿alguien de su pasado ha regresado pensando que se va a encontrar con la persona frágil que dejaron atrás?
Los leo en los comentarios 😊.

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