El blog de Érika

Escribo, para que la vida no pase en silencio


Motivos para vivir

En estos días le dije a mis compañeros de trabajo que, si me moría en este país, no reunieran dinero para enviar mis restos a Colombia. No sé si lo saben, y si no lo saben se los comparto: repatriar un cadáver puede costar hasta USD$15.000. Les dije que, de recoger esa cantidad, mejor se la hicieran llegar a mi mamá, que ella iba a necesitar más eso que un cajón conmigo en descomposición.

No se imaginan las caras de todos estos personajes. Con los más mordaces bromeamos sobre repartir mis cenizas en envases para vinagreta y que todos tuvieran un poquito, mientras que los demás me lanzaron miradas acusatorias y me regañaron por tomarte tan a la ligera un tema tan serio.

“Para uno morirse, solo necesita estar vivo”, les dije. Ellos me respondieron con sermones sobre la persona desagradecida que soy, sabiendo que tengo muchos motivos para vivir.

“No considero que tenga motivos para vivir, la verdad”. Ahí ardió Troya. Que Dios me iba a castigar. Que tengo comida en la casa, un techo donde vivir, que tengo salud. Traté de aclarar que esa última parte era algo discutible, porque en menos de tres meses pasé de la influenza a una bronquitis severa, pero sí, digamos que sí, en general, hay salud.

“Hay muchos motivos para vivir. Tienes un trabajo”. Eso no es un motivo, es un medio que me sirve para pagar mis obligaciones y cumplir con mis responsabilidades a cabalidad. Que soy privilegiada porque muchas personas no tienen esa ventaja, sí, lo soy. Pero sigue sin ser una motivación. ¿Una bendición? Sí, con seguridad. Insisto, hay gente que no tiene ni trabajo ni recursos. No, no soy desagradecida por no considerarlo un motivo.

Hasta ese momento, nada de lo que me decían era realmente un motivo para seguir con vida, y en la medida en que esa conversación avanzaba, los ojos de mis compañeros se iban abriendo tanto que parecían querer saltar de sus órbitas.

“¿Has considerado el suicidio?” Se animó a preguntar una, titubeando. “No. No recientemente”, respondí. Por supuesto, se miraron sin entender nada. “¿Quiere decir que lo pensó alguna vez? Habiendo tantos motivos para vivir. Poder ver el sol, la naturaleza, el mar”.

Me gusta el mar. Me gusta la naturaleza. Con el sol tengo una relación ambigua, pero es por mi color de piel. Pero siguen sin ser motivos. Son cosas que disfruto, que me relajan y hasta me inspiran. ¿Pero qué es un motivo?

“Cierren sus bocas. Relájense. Yo no tengo motivos, pero sí tengo ganas”, dije. Son dos cosas muy distintas y lo entendí en terapia en estos días. No siento que tenga futuro profesional en mi carrera (y menos a esta edad), no soy de aquí ni de allá, no tengo una familia con hijos, perrito y jardín, la gente que realmente me importa está lejos. Motivos, no hay. Pero ganas sí.

El año pasado, cuando empecé a escribir la novela, se convirtió mi mayor motivación. El problema estaba en que comencé a verla como una ruta de escape de una vida que percibía como vacía y sin fundamento. Le di tanto poder a la escritura que hubo momentos en los que me desperté en medio de la noche angustiada pensando que si no salía bien mejor me moría. Pero tampoco hacía mucho al respecto, no le dedicaba tiempo a escribir y procrastinaba como campeona.

Ahora que pasé de la intención a la acción, se convirtió en un propósito y un anhelo genuino de que salga bien. Con cada avance en el que veo progreso dentro de la historia digo “va a salir bien, esto tiene potencial”. La novela es mi propósito, la escritura mi motivación.

La próxima vez que alguien les diga que no tiene motivos para vivir, pregúntele si por lo menos tiene ganas. Ahí está el meollo del asunto. Hace rato cuando escribí el texto sobre la angustia que me producía considerar los últimos pensamientos de la gente que se suicida, caí justamente en estos juicios. Pensaba que, si lo tenían todo, ¿cómo podían considerar hacerlo? Tal vez tenían los motivos, pero no las ganas. Y ese muchas veces es un viaje sin retorno.

Luego de un rato soportando las caras de preocupación de mis compañeros, tratando de exponer inútilmente mi teoría (y a punto de que llamaran al 911 para rescatarme), el mismo amigo con el que conversamos sobre las cenizas me dijo que morirse acá tampoco era rentable, porque los funerales valen casi lo mismo que enviar los cuerpos. En conclusión, no es un asunto de motivación, de ganas o de agradecimiento. Es que no nos lo podemos permitir en este momento. No nos da el presupuesto.

Por ahora seguiré luchando por mi propósito: escribir la novela, esperar que se vuelva un éxito, hacerme amiga de Alejandro Sanz y que me invite a sus parrilladas como dice mi amiga Jules, y por supuesto, seguir fantaseando con las cosas que me motivan.

Porque son justamente esas locuras las que me mantienen cuerda.



One response to “Motivos para vivir”

  1. Pase tiempo sin leer el blog, incluso no se si lo habia leido! Me dan gusto que tengas ganas de seguir, aunque yo se que aveces parezca ser difícil. Te quiero Kika!

    Liked by 1 person

Leave a reply to Lizzeth Cancel reply