Recuerdo bien su nombre y el color de nuestro uniforme. Se llamaba Claudia Zorro y la falda era azul y verde, de estilo escocés , la camisa blanca, la corbata azul y el blazer beige. Después de más de diez años educada —y mimada— en el colegio de mi barrio, donde las profesoras me querían como a hija boba y la directora todavía recuerda mi nombre aun cuando terminé noveno grado hace casi 25 años, me vi obligada a buscar otro colegio porque allí no tenían décimo y once.
A la par de esto, mi familia se había mudado a otro barrio un tiempo atrás así que decidieron buscar un colegio más cerca de la nueva casa, pero eso significaba que yo no estaría inscrita en ninguna de las dos opciones que había elegido el resto de mi grupo, por lo que no solo tendría que destetarme de los mimos de mis profesoras de toda la vida, sino que tenía que hacer nuevos amigos y adaptarme a nuevo ambiente.
Nunca he sido buena haciendo amigos. He revisado varias etapas de mi vida en el último año —en terapia y fuera de ella— y a mí eso de socializar no se me da. Yo lo llamo introversión y timidez, mi familia lo llama amargura, la sicóloga dice que es miedo a mostrarme vulnerable. Sin embargo, todos esos conceptos han venido apareciendo con el tiempo, recientemente, no a los 15 años cuando apenas era una peladita con gafas y pechos enormes que solo soñaba con conocer a un Alejandro Sanz idealizado que vivía en lo más profundo de mis fantasías de escritora. Mi única meta en la vida era poder contarle que sus canciones me inspiraban para tipografiar novelones en la máquina de escribir gigantesca de mi mamá, porque eso sí, siempre he sido introvertida, pero con ambiciones de estrella de rock.
A los 15 años conocí a Claudia Zorro. Recuerdo que era bonita, aunque no podría describir bien su cara porque honestamente creo que mi mente bloqueó ese recuerdo. Tenía dos amigas, a ellas las recuerdo menos, pero sí tengo muy presente que las familias de ambas tenían una buena posición económica porque hablaban de viajes a Estados Unidos y de cositas lujosas. No me pregunten qué cositas porque evidentemente mi cerebro bloquea muchas cosas, pero hagan de cuenta que en esta época tendrían iPhone, un bolso de marca y un vasito Stanley. Yo por mi parte tenía un equipo de sonido escondido en la casa de mi abuelita porque mi mamá tenía miedo de que nos embargaran las tres cosas que teníamos y fue a guardarlas donde su mamá. Por eso pasaba tanto tiempo con mi abue, porque para escuchar mis CDs de Alejandro tenía que irme para allá.
Claudia y sus amigas llenaban todas las casillas de una película adolescente: eran populares, tenían dinero y ella, especialmente ella, tenía muy buenas calificaciones. Y ahí llegué yo, con mi cara de atolondrada y con tres pesos para las onces, pero con notas excepcionales, excelente ortografía y una capacidad innegable para resolver problemas de química y matemáticas. Si me preguntan ahorita, apenas me da la vida para manejar Excel y programas contables, pero cuando tenía 15 era una nerd de esas que hacen época.
Yo no quería ser popular. Tampoco encajaba en el estereotipo de la nerd que bajo sus gafas es hermosa y el man más guapo de la clase se enamora de ella. De hecho, era un colegio muy pequeño y el único hombre que me parecía medianamente atractivo tenía una novia en su mismo curso y creo que jamás cruzamos palabra. Tampoco esperaba estar en el grupo que compite en los torneos de ajedrez. Yo solo quería terminar la secundaría, conseguir una beca para la universidad y convertirme en escritora. No me interesaban Claudia y sus amigas, pero en el fondo, muy en el fondo, quería caerles bien.
Pero no pasó. No estoy muy segura de los detalles —insisto, el síndrome de estrés postraumático es una vaina muy jodida porque por más que le echo cabeza, no recuerdo—, pero sé que me hicieron daño. Entre lo que recuerdo, me humillaron en una clase, todo planeado con los demás, se rieron de mí en el patio por algo que pasó con mi comida y me acusaron con un profesor de haber hecho trampa en un ensayo porque “no era posible que yo hubiera escrito eso sola”. No me iba a esforzar en explicarles que el presupuesto apenas me alcanzaba para los buses como para permitirme pagarle a alguien por un fraude y que, si tenía escondido el equipo de sonido, con un computador ni soñaba. Bueno, y lo de dudar de mis capacidades para escribir, ni para qué hablamos de eso.
Una mañana de mayo, después de casi tres meses cursando décimo en ese colegio, me levanté con una gripa muy fuerte y mi mamá decidió no mandarme a estudiar. Cuando llegó la noche y me tenía que alistar para el otro día, me puse a llorar y le dije que no podía volver. A mi mamá se le vino el mundo encima. Lo primero que pensó fue que yo iba a seguir los pasos de muchos miembros de mi familia que decidieron abandonar sus estudios y que no tendría ningún futuro, pero de inmediato la tranquilicé. Yo amaba estudiar, lo amo, me encanta aprender y por nada del mundo iba a detenerme por una mala experiencia. Solo que volver a ese lugar era permitir que siguieran haciéndome daño y ya no podía soportarlo más.
Mi mamá lo entendió y entre lágrimas y risas me confesó que esa decisión le convenía porque ya venía atrasada con dos meses de pensión y no teníamos para comprar el dichoso blazer que sí o sí se debía comprar en el colegio y que costaba tres veces más que en cualquier tienda. «Sin saber, le dieron clases gratis un mes y medio, porque yo eso no lo pago» me dijo y ambas sonreímos. El resto es historia. Estudié secretariado, aprendí inglés, terminé décimo y once semestralizado, entré a la universidad, me gradué de ingeniería e hice un postgrado. Así que no, no salió tan mal.
Bueno, conocí a Alejandro Sanz, pero no hemos podido sentarnos a revisar mis escritos.
Durante el último mes esta historia ha estado dándome vueltas en la cabeza. Hace 25 años la palabra bullying era extraña para todos. Matoneo sería una traducción apropiada, pero darle un nombre a lo que me pasó me costó muchos años de aceptación y trabajo personal. Sin embargo, en las últimas semanas ese terror volvió de una manera tan paradójica como absurda. De la nada acabé dándome cuenta de que una versión gringa de Claudia Zorro había estado respirándome en la nuca durante casi dos años, un lobo disfrazado de oveja con quien creí que podía contar, pero que terminó clavándome un puñal en la espalda. Pero eso no es lo sorprendente, es decir, ese tipo de personas abundan; lo que realmente me impactó fue su facilidad para moldear la realidad a su antojo y acabar ubicándome en su historia como si yo fuera el mismísimo diablo.
Cuando reviso su versión de los hechos, la narración es tan convincente que llegué a caerme mal y hasta a dudar de mi propia existencia. Traduje el texto para que mi mamá lo leyera y lo primero que me dijo fue «la persona que esa muchacha describe no es mi hija, no la conozco». Yo tampoco mami, créame que yo tampoco.
Me pareció un tanto lamentable que mi Claudia Zorro del 2026 me describiera como alguien que utiliza a otros para beneficio personal, cuando el verdadero beneficio, especialmente el económico, lo recibía ella, considerando que su remuneración dependía del número de horas trabajadas. Tenía la costumbre de ofrecerse a trabajar la mayor cantidad de horas posible y yo interpreté esto como el comportamiento de una persona joven, enérgica y dispuesta a trabajar duro para afrontar sus gastos personales, algo admirable, si me preguntan. Nunca creí que lo hiciera para mi beneficio, ya que ganaba su dinero por elección propia.
Tengo claro que una de mis mayores debilidades es evitar la confrontación y preocuparme demasiado por las repercusiones, o incluso asumir que al ser amable y evitar herir sensibilidades de alguna manera le estoy haciendo un favor a la gente, cuando es todo lo contrario. El mejor ejemplo es que traté de todas las formas posibles de evitar que mi predecesor se sintiera incómodo o amenazado por mi presencia, especialmente porque fui contratada específicamente para solucionar los problemas que su mala gestión estaba creando debido a una evidente falta de interés y conocimiento.
Quizás en ese momento debería haber sido más directa y no suavizar la verdad. Más tarde pude reconocer lo que parecía ser un caso claro del efecto Dunning-Kruger, una teoría que describe cómo las personas menos competentes suelen sobrestimar sus capacidades y creer que hacen todo bien, mientras que las personas más inteligentes o preparadas minimizan su esfuerzo o subestiman su alcance. También se le llama ignorancia confiada. Es una teoría interesante porque las personas así atacan sin pruebas y se basan en argumentos que existen sólo en su imaginación, alejadas de la realidad, pero guiados por un nivel de confianza en sí mismos que personalmente envidio.
No sé —y no creo— que la Claudia Zorro del 2026 tenga idea de lo que estoy hablando, pero lo que sí sé es que gracias a esta situación se abrió una herida vieja que asumí haberla cerrado hace muchos años, pero no es así. Entre sentirme culpable por no haberme dado cuenta de las banderas rojas que estaban por todas partes, el temor disfrazado de indiferencia que me llevaba a evitar la confrontación y la necesidad constante de validación en la que viví las últimas semanas, preguntándole a conocidos y amigos si me veían también como la persona mezquina y ruin que ella describía, me di cuenta de que en el fondo sigo siendo esa niña de uniforme azul y verde, con pechos enormes, pero ahora sin gafas. No he podido llorar, o bueno, lo hice un día en la oficina frente a uno de mis jefes, pero fue más un ataque de pánico. Pero llorar, lo que se dice llorar por todo lo que descubrí o todo lo que me enteré, pues no, y no quiero, no he sentido ganas. A decir verdad, he tenido más la necesidad de escribir este texto que de llorar.
Tal vez tenían razón, tal vez soy malvada, tal vez soy el diablo y soy insensible. Tal vez por eso me cuesta hacer amigos y tal vez por eso Claudia Zorro la agarró conmigo 25 años atrás. Tal vez un día estaré con Alejandro Sanz presentando mi libro y ella me verá en Instagram y dirá “ay, miren, yo la conocí, se salió de estudiar a mitad de año y tenía gafas”, pero jamás va a decir que fue su culpa o que se portó mal, porque la gente que lastima finge que lo hace sin intención y que no conocen la proporción del daño que causan.
No les deseo el mal, ni a la Claudia del 2001 ni a la del 2026. Solo deseo no cruzármelas en el camino ni tener que lidiar con sus opiniones y sus juicios. Me ha costado muchísimo llegar hasta aquí —en este texto y en la vida— para seguir dándole vueltas a lo que ambas me hicieron. Esto es solo un desahogo, no una victimización, sé que tengo mi parte de culpa y también aprendí a tener claro lo que estoy dispuesta a permitir y lo que no.
El bullying o matoneo es algo real, y casi siempre viene de gente que parece amable y confiable. Y no, no se da sólo en los colegios o en la adolescencia. La diferencia en la adultez es que uno se siente un poco más tonto porque ya debería tener la capacidad de discernir, pero también es más fácil verbalizarlo y, en mi caso, ponerlo en un bonito texto para hacer catarsis y compartir la experiencia.
Si les ha pasado, comenten… compañeros de clase, de trabajo, familiares, este es un espacio seguro y libre de juicios. No tengo credenciales para ofrecer terapia, pero me encanta el chisme.
Y sé que a ustedes también. Por eso llegaron hasta aquí 😊.


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