En la categoría de #Relatos, quiero incluir algunos textos que escribí durante mi paso por el Taller de Narrativa de Beatriz Peña (Tu Voz Literaria) el cual, sin lugar a dudas, ha tenido una enorme influencia en mi reconciliación con la escritura. Aprendí muchísimo, me emocioné con las cosas que escribí y por supuesto, quedé con ganas de más, así que en octubre arranqué con el Curso de Novela. ¡Muy recomendado!
CONSTELACIÓN
Finalmente lo había conseguido. Después de estudiar arte por años y de recorrer el mundo visitando museos y empapándose de diversas corrientes creativas, Cristina por fin tenía su propia exposición en una pequeña galería de Brooklyn. Aunque en un principio su vocación la había llevado por el camino de la enseñanza, después de algunos años dedicados a hablar sobre Postimpresionismo y Art Nouveau, decidió que era hora de mostrarle al mundo lo que su corazón escondía: un talento inigualable para pintar.
La decisión no fue fácil. A pesar de su amplia experiencia y la innegable belleza de su obra, Cristina seguía siendo la misma muchacha tímida a quien le temblaba la voz cada vez que tenía que hablar en público. Tal vez se debía a la estricta crianza de su abuela o al colegio de monjas en el que estudió desde el kínder hasta la secundaria, pero lo cierto es que a Cristina le costaba un mundo abrirse con otras personas o mostrarle sus pinturas a cualquiera.
Hasta que un día —y por accidente—, uno de sus compañeros descubrió algunos de sus cuadros en la parte de atrás de su vehículo y, al preguntarle de quién eran, ella no tuvo más remedio que reconocer su autoría. La noticia de sus dotes artísticas se esparció rápidamente y “en menos de un mes” tenía lugar y fecha para exponer lo que acabó siendo una colección de casi noventa cuadros.
—¿Me quieres decir a qué hora pintaste todo esto? —preguntó sorprendida Sandra, una de las amigas de Cristina, mientras recorría el espacio de la galería con la mirada. —Siempre te vemos ocupada trabajando y pendiente de todo, ¡Y mira la sorpresa que escondías! —comentó emocionada, palmeándole la espalda.
—Supongo que al final estaba equivocada y sí tengo días libres— bromeó Cristina tímidamente.
—Es una obra hermosa y llena de vida —continuó Sandra felicitándola. —Sin embargo, mi favorito es ese de la esquina —murmuró señalando con la mano una pintura que parecía retratar una suerte de sistema solar, pero cuya forma se asemejaba más a una espiral psicodélica.
Cristina siguió la mano de Sandra y sus ojos se encontraron frente a frente con los colores brillantes de aquellos planetas que parecían pequeñas aceitunas. Su mente viajó de inmediato al momento exacto en el que la pintó.
Cinco años atrás, después de afrontar una profunda depresión tras el fallecimiento de su abuela, Cristina comenzó a imaginar que todos sus muertos se le manifestaban en forma de estrellas. A veces era en sueños y otras veces genuinamente creía ver sus rostros cuando elevaba su mirada al firmamento. Sabía que era muy vieja para que le creyeran sus fantasías infantiles, pero después de charlarlo con su terapeuta, entendió que la única manera de canalizar ese dolor era plasmarlo en un lienzo y sanar a través de su pasión por la pintura. Aunque al principio todo se componía de un fondo gris con líneas y puntos blancos que semejaban la noche, Cristina decidió que a partir de ese momento dejaría de vivir la vida en blanco y negro y comenzaría a llenarla de color. Tomó toda la gama de tonos neón que encontró en su paleta y pintó un universo colorido y vibrante donde finalmente pudiera vivir.
—También es mi favorito— reconoció Cristina mientras sus dedos recorrían el lienzo.
—Ponle precio y yo lo pago— ofreció Sandra, sacando la chequera de su bolsa.
Cristina lo consideró un instante y luego sonrió meneando la cabeza.
—Gracias, pero no puedo. Hay cosas que no tienen precio.


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