En la categoría de Relatos, quiero incluir algunos textos que escribí durante mi paso por el Taller de Narrativa de Beatriz Peña (Tu Voz Literaria) el cual, sin lugar a dudas, ha tenido una enorme influencia en mi reconciliación con la escritura. Aprendí muchísimo, me emocioné con las cosas que escribí y por supuesto, quedé con ganas de más, así que en octubre arranqué con el Curso de Novela. ¡Muy recomendado!
EL OLVIDO
Conocí a Carlos un dos de enero. En realidad, lo conocí el treinta y uno de diciembre en la fiesta de año nuevo que organizó mi hermano, pero la cantidad de ron cubano que invadía mis sistemas digestivo, circulatorio y nervioso no me permiten asegurar la veracidad de ninguno de los eventos sucedidos entre las siete de la noche del jueves, víspera de año nuevo, y la mañana del sábado. Aquella mañana, conocí a Carlos.
Las circunstancias no eran las mejores. Yo, abrazada a un inodoro ajeno, viendo cómo la vida se me iba junto con ese fluido verdoso que giraba en círculos y desaparecía cada vez que soltaba la cadena. Él, sin camisa, apoyado en el lavamanos y mirándome con esa expresión que se movía entre la lástima y la burla. Estaba claro que los dos hubiéramos preferido estar en cualquier otro lugar, pero también sabíamos perfectamente cómo terminamos allí.
Carlos era el mejor amigo de mi hermano Juan. O todavía lo es, no lo sé. Han pasado varios años y he optado por no tocar el tema. Ni siquiera sé por qué estoy hablando de él, si se supone que el asunto se superó básicamente al día siguiente, el domingo tres de enero. Carlos era algunos años menor que yo, contemporáneo mi hermano. Juntos fueron al kínder y juntos se graduaron de secundaria. La primera vez que lo vi tendría unos seis años, le faltaban dos dientes y hablaba como un perdido, aun cuando se le enredaba la lengua y sus enormes lentes me distraían de su charla. Yo, que rozaba peligrosamente la adolescencia, actuaba como si cualquier cosa que él o mi hermano dijeran fuera insustancial, porque claro, en mi cabeza yo era casi una adulta, una mujer de verdad, mientras que ellos dos todavía se creían Power Rangers en entrenamiento.
Siendo completamente honestos, a Carlos lo conocí la madrugada del primero de enero. El efecto del licor se empezó a disipar cuando me di cuenta de que la espalda en la que clavaba las uñas, gimiendo de placer, pertenecía a una cara bastante familiar, pero de quien sabía muy poco. Mi hermano y yo tenemos una buena relación, pero desde que me mudé a otro país, es poco lo que sé de su privacidad, así que sí, a Carlos lo había visto toda la vida, pero jamás lo conocí, porque nunca quise, nunca me interesó.
El domingo nos despedimos. Mi vuelo salía el lunes por la mañana y, aunque hicimos el amor todo el fin de semana, incluso después del abrazo al inodoro -seguido por supuesto de la respectiva ducha compartida-, le di un beso cordial en la mejilla y me subí al taxi. No quise mirar atrás, no quise darle espacio a los hubieras ni permití que los ciento ochenta y dos centímetros de su atlética humanidad me distrajeran. Carlos volvía a ser el amiguito de mi hermano, ese que vi desde pequeño, pero que conocí en año nuevo.
Era lo mejor para ambos. O eso quiero creer.


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