El blog de Érika

Escribo, para que la vida no pase en silencio


No tenemos un mañana

Quería publicar un texto aprovechando el día libre, pero el frío me tiene acobardada y el cansancio normal de esta temporada en el trabajo hizo que procrastinara más de la cuenta. Sin embargo, como he venido haciendo últimamente, me fui años atrás a revisar textos viejos y me encontré con varios que me gustan mucho y con otros algo deprimentes. Sé que siempre estoy hablando de lo mucho que me gusta releerme para reconectar con la Eri escritora suprema, pero a veces doy tanto cringe que me rio sola y agradezco que el blog más viejito ya no esté disponible para el público porque el día que sea famosa, si alguien lo encuentra, seguro que me extorsiona por patética (o por poética). Leer a mí yo del pasado es como abrir la puerta de un cuarto decorado bellamente con ornamentos amaderados y flores secas, pero cuyas paredes están impregnadas de gritos y adioses y los armarios huelen a humedad y cloro. Un lugar al que solo me gusta volver por la nostalgia, pero algo ahí se siente ajeno e incómodo.  

Sin embargo, en el grupo de los escritos que me gustan, me encontré este y pensé que, ya que estamos en la onda de compartir experiencias, “No tenemos un mañana” vale mucho la pena. Al parecer, la Eri veinteañera era muy trascendental, melancólica y enamoradiza, mientras que la Eri casi-cuarentona se quiere aprovechar de sus años poético-trascendentales para hacer ruido.

Y me parece justo.


Este texto fue publicado originalmente el 18 de noviembre del 2014.

Me desperté un día sabiendo que jamás tuvimos un mañana. La desazón del olvido teñía las paredes y el aire olía a despedida. Abrí los ojos, pero no pude moverme de la cama. El peso en el pecho me ahogaba las ganas y me invadía de angustia. Nunca tuvimos un mañana, y no porque no quisiéramos o porque no nos alcanzaran los besos, fue más un asunto del tiempo, ese enemigo invisible que nos va quemando por dentro y nos va convirtiendo en sus víctimas. Y sin importar cuánto te he amado, no nos queda nada aparte del recuerdo y de pensar que fuimos lo que quisimos, pero jamás lo que debíamos ser: un par de amantes con un mañana.

Nunca tuvimos un mañana, mi amor, y cómo duele ahora que el vacío nos congeló la sangre y los días vienen y van sin pena ni gloria, sin esperanza y sin color. Divagamos, navegamos, nos diluimos y nos amamos, nos quebramos de tanto intento y sobrevivimos a la hecatombe del destierro y el fracaso. Nos quisimos como se quieren los delirantes dueños de los relatos desgarradores del pasado y nos dejamos para siempre en la parada del tren, abandonados, con ese abrazo del final que se devora las promesas y se convierte en el único recuerdo latente, ese que se va perdiendo a medida que rozamos otras almas, visitamos otros sitios y desnudamos otros cuerpos. 

No tenemos un mañana, ni tú ni yo, y lo sabemos. Siempre lo supimos, pero es más fácil creer que sí cuando se tiene el hoy, el momento, el instante en el que somos felices y eternos, únicos y capaces. Ahí es donde el aliento se engaña y cree que todo es posible, que puede con la carga de no contar con ese mañana que al amanecer se disfraza de un hoy con los juramentos intactos, porque mañana no se refiere al momento en el que vemos juntos salir el sol, no mi amor, mañana es eso que no tenemos, que no tuvimos nunca, lo que viene después: la casa, el perro, el jardín y los hijos, las madrugadas heladas y hasta los abismos.

No hay mañana porque fuimos lo que siempre juramos, pero de ser tanto sin ser del todo nos quedamos con la nada, solos y sin respuestas, sin eso que nos faltó, el fuego que se extingue sin dejar cenizas, el cadáver de tanto anhelo, el hedor del pánico que distrae y nos separa, todo ese amor desbarrancándose mientras tú y yo, arropados bajo el mismo cielo pero con el espíritu ajeno, sin mañana y sin futuro, nos fuimos dejando atrás y ahora, que nos tenemos frente a frente, las palabras se nos quedan cortas y nos ahogan la voz.

No tuvimos un mañana, amor de mi vida, pero vaya que tuvimos el presente. Prefecto y letal hasta la muerte. Tanto, que un solo soplo de esperanza nos podría devolver a ese hoy que fue tan nuestro, con el pulso disparado y con las venas colapsando por la sangre que sonroja y que juega a delatarnos. Juguemos a querernos hoy, con el alma y con las manos, porque mañana no tendremos, eso está claro, pero sé que por lo menos estaremos satisfechos de haberlo intentado.



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