Recuerdo que desde que era muy niña le tenía mucho miedo a ciertos sueños. Si soñaba con una boda, significaba que alguien se iba a morir. Si soñaba con bebés, también significaba muerte. Ratones, muerte. Agua sucia, muerte. Bueno, de acuerdo con mi escaso conocimiento del tema… todo, absolutamente todo, tenía una relación con la muerte.
Aunque, a decir verdad, cuando comentábamos estas cosas con mi mamá, usualmente llegábamos a la conclusión de que, si hay sueños que se supone que significan cosas buenas como dinero y reconocimiento, y eso tampoco llega, quiere decir que, en ese orden de ideas, es un poquito-muy injusto que lo malo sí pase, pero lo bueno no.
Sin embargo, siempre hubo un sueño al que le temía más que a cualquier otro: soñar que se me caían los dientes. No importaba si era solo uno o varios, si los veía caer o ya se habían caído, cada vez que soñaba con dientes me despertaba muerta de miedo. Mi mamá siempre decía que debía contárselo a tres personas para que no se hiciera realidad, pero, aunque lo hiciera, todo el día pasaba con esa sensación de angustia que no se iba a ninguna parte y, no sé si era casualidad o ley de la atracción, pero la mayoría de las veces el sueño me coincidía con un evento relevante: una pérdida, una muerte, un cambio trascendental.
En estos días soñé que se me caían todos los dientes y que los veía caer en mis manos. No solo eso, también estaba llena de sangre y desesperada porque no paraban de caer. Fue tan difícil determinar que era un sueño que cuando me desperté, me llevé las manos de inmediato a la boca y empecé a llorar sin consuelo. Obviamente todo estaba en su lugar, solo me acompañaba ese dolor de cabeza que no me abandona desde hace meses y que empeora con el frío, dicen que por apretar tanto los dientes al dormir o porque el estrés me está cobrando una factura más grande que el recibo de la luz en el invierno de Pensilvania, pero lo cierto es que estoy harta de sentirme tan enferma. Está bien que desde que empecé con los antidepresivos me siento menos miserable, pero enferma sigo y estoy segura de que es una cosa somática de algo que estoy viviendo y que no me gusta.
Pero volvamos a los dientes. Lo primero que hice fue contarle a mi mamá y me repitió lo que aprendimos hace años: si los sueños con buenos augurios no se cumplen, tampoco se cumplen los malos. Sin embargo, me recomendó que, si me hacía sentir mejor, se lo contara a otras personas.
Eso hice, se lo conté en mi inglés de migrante superviviente a mi compañera y su reacción me causó algo de gracia: “alguien se va a morir, eso dicen los colombianos”. No me sorprende, ella estudió la preparatoria con varios hijos de inmigrantes colombianos así que algo aprendió: el significado de los sueños y a diferenciar un pan de bono de una almojábana.
Nos reímos un rato de otro par de cosas y luego volvió la angustia. Me enfoqué en pensar en el último audio de mi mamá donde me decía que esos sueños están más relacionados con cambios que con pérdidas, pero a veces me cuesta ver en dónde está la diferencia. He cambiado, y también he perdido mucho. Los cambios han sido buenos, pero en el camino me he perdido yo, o al menos algunas ilusiones que daba por sentadas. He renunciado a tantas cosas y he concluido tantas veces que “Dios me ha salvado de algos” que a veces me cuesta identificarlos y asumo que esa fe en el plan de un ser superior ayuda a aminorar el pesar de esos algos que se nos fueron de las manos.
A la par del sueño de los dientes, en la misma semana, soñé con él. Me gusta pensar en que ha sido el único amor de la vida, se me hace poético, aunque a veces lo minimizo a un simple momento de inspiración creativa. Cuando hago cuentas de los hombres que han pasado por mi vida y llego a su apartado, el corazón me da un pinchazo similar al de leer un pedazo de Ruido que me costó sangre, sudor y lágrimas. Ese hombre no me movía el piso, ese hombre me desestabilizaba el universo entero y todavía, leyendo esos textos viejos que le escribí hace casi diez años (supuestamente para inspirarme a escribir nuevo material), me encontré una tarde de lunes llorando a mares frente al computador como si la herida se hubiera abierto el día anterior y no en 2015. Ese día, como muchos otros, fantaseé con que se aparece en el lanzamiento del libro y mis amigas lo reconocen y, cual rom-com noventera, nos miran y abren los ojos como platos diciendo “mírenlo, es él… vino a buscarla”.
Nunca se es muy viejo para seguir teniendo delirios adolescentes, para soñar en modo peli de Disney o para imaginarse un mundo en el que el amor recíproco sí nos toca. Para ser alguien que ama tanto el romance y que eventualmente planea vivir de él, la vida me ha tratado un poco peor que mis sueños a mis dientes. Pero no me rindo ni dejo de creer.
A veces me acuerdo de él, y a veces escucho canciones como Tocado y Hundido de Paula Mattheus y digo:
“Y ojalá que me mires,
y te sientas tocado y hundido,
como yo al entender…
que entre toda esta gente te hubiese elegido otra vez
… y otra vez y otra vez y otra vez y otra vez”
A veces me acuerdo de él. A veces quisiera que me hubiera elegido.
Luego se me pasa.
Creo.


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