Tengo miedo. Detrás de cada confesión honesta, hay una persona que se ha mordido las uñas y padecido de un dolor profundo en la mitad del pecho antes de reconocer algo de lo que no quiere hablar. Tengo miedo de lo que estoy escribiendo, y no porque sea una obra de terror o transgresora, al contrario, esta novela es una historia de amor, lo he gritado a los cuatro vientos para que los románticos se emocionen y los escépticos me miren con las cejas levantadas, juzgándome por cliché. No soy una literata, no soy una erudita, solo soy una persona con la salud mental frágil y una gran imaginación. Mis letras son mi arma en la batalla, mi escudo para defenderme del olvido, pero a veces también pueden ser mi enemigo.
Hoy empecé a escribir de nuevo la novela que llevo ya casi 3 años construyendo y sentí ganas de vomitar. No, no de una manera metafórica, no porque algo en el texto me haya generado repulsión, no, para nada, quiero decir que físicamente sentí ganas de vomitar. Voy a culpar al hecho de haberme saltado el desayuno o a que no soporto las salsas con crema, pero en cuanto abrí el archivo y puse los dedos sobre el teclado, un jugo ácido e incómodo fue subiendo por mi pecho y llegó hasta la garganta. Me incorporé en la silla y respiré profundo, apretando los dientes con fuerza. Cerré los ojos y todo lo que pude ver frente a mí fue una imagen de Mónica Russo, la protagonista de la novela, mirando por una ventana con el mismo aspecto cadavérico de Bella Swan en la película de Luna Nueva, cuando pasa meses sin ver a Edward Cullen.
Sí, mis referencias literarias son así de patéticas, lo siento.

Mónica tiene el corazón roto, eso no es nuevo. Es lo que tengo que contar, son los diálogos que tengo pendientes. Pero ¿estoy realmente preparada para narrar ese dolor?
La primera parte de la novela fue tan fácil que tengo celos de la Éri escritora que avanzó a pasos agigantados en esa época, la Érika cuyo único propósito en la vida era no volver a cometer el error de siempre de dejar todo a medias, la misma que arrancó con un impulso tan poderoso y certero, que cada día escribía, aunque fuera una página. La que se pasó todo un verano construyendo una historia de amor que le encantaría vivir.
Es raro. Pensar en amor con otros como protagonistas se me hace fácil, emocionante y divertido, aun cuando en mi propia vida no esté pasando nada ni remotamente parecido. Pero pensar en desamor, ruptura y dolor me cuesta más de lo que estoy dispuesta a reconocer. Decir que lloré a mares cuando tuve que separarlos, no es exageración, y sorry por los spoilers, pero si fuera una historia lineal sin drama o punto de giro, no tendría gracia escribirla. O puede que sí, puede que un libro así funcione, pero no para alguien que ama las miradas anhelantes y los abrazos de reconciliación. Yo estoy enamorada del amor desde chiquita y aunque en toda mi vida no he sentido que se me haya dado esa oportunidad, me gusta creer que hay gente que nace la una para la otra. Sin embargo, el dolor del desamor, la ruptura y las ilusiones rotas si son terrenos por los que he andado y creo que por eso es tan complicado tratar el tema. Lo mío es la ficción, algo platónico como el romance, no la tristeza, algo tan presente.
Al final no vomité. Me tomé una pastilla para las náuseas y me voy a dormir. Espero soñar con Mónica y espero que ella me diga qué carajos quiere hacer con su vida, a ver si me ayuda a entender qué hago con la mía y a ver si me quito esta incomodidad de mirarla a los ojos. A veces los personajes de tu historia se vuelven parte de tu familia, incluso a veces son como hijos a los que tienes que terminar de criar, aunque ya sean adultos. Tengo miedo, mucho, especialmente de los bloqueos de escritor que tanto me han mancillado las alas, pero por eso estoy aquí, porque compartirlo me hace sentir mejor. Un día leerán la novela y dirán… “¡con razón Érika hacía tanto Ruido!, ¡qué bonita manera de romper el silencio!, ¡qué bonito latido!”
O al menos eso espero yo. Si ven a Mónica, me la saludan.

Leave a comment