El blog de Érika

Escribo, para que la vida no pase en silencio


Sexo en la ciudad

Una de las ventajas de estar rondando los treinta, (bueno, los late thirties porque estoy más cerca de los cuarenta y del descanso eterno que de los treinta) es que uno empieza a sentirse más cómodo con ciertos temas y ciertas conversaciones, aunque sean charlas con uno mismo. 

Hace muchos años que vivo sola en Estados Unidos. Cuando me planteaba esa posibilidad estando en Colombia, me imaginaba una vida glamurosa como la de Carrie Bradshaw, con una colección ilimitada de zapatos y amigas promiscuas y borrachas caminando a las 2AM por Times Square. En fin, el sueño de toda veinteañera promedio de Latinoamérica. No me voy a extender explicando cómo esa visión de mi futuro no se hizo realidad, pero tampoco voy a decir que ha sido una desgracia, solo ligeramente distinta y sin amigas sexualmente ambiguas. Bueno, básicamente sin muchas amigas, solo una que vive a unos 25 de minutos de mi casa y con quien nos vemos cada 6 meses, pero a quien agradezco profundamente que siga intentando sacarme de mi encierro de vez en cuando. 

La vida fabulosa de Carrie, con quien comparto el gusto por escribir y por los hombres emocionalmente no disponibles, no me ha tocado, pero sí puedo decir que por lo menos he llegado (por fin) a ese punto de mi vida en el que mis finanzas me permitieron mudarme a un lugar en el que siempre soñé vivir. No es un piso en Manhattan con terraza y vista al Central Park ni es un Pent-house de 18 habitaciones (que al final de cuentas, ¿para qué?, si solo somos Homeruchis y yo), pero sí es el lugar en el que quise vivir desde que limpiaba mesas en el restaurante de la esquina. Obviamente, en ese momento el presupuesto no me daba para darme esos lujos pues tenía algunas deudas en Colombia y lo que ganaba me alcanzaba para esos pagos y vivir en un bonito cuarto cerca de Filadelfia. 

Bueno, pues hace unos días me mudé a lo que yo llamo “la casa de mis sueños” y aunque tengo serios conflictos con frases como “cree en tus sueños”, “deséalos tanto hasta que se hagan realidad”, esta vez, para variar, sí fue así. 

Pero no es esa historia la que quería contarles. Okey, sí, también, porque he estado monotemática con el tema de la mudanza, pero más que nada quería hablar de cómo me encontré hablando conmigo misma hace días sobre insomnio, orgasmos, rodillas inflamadas y nervio ciático en mi nuevo y muy anhelado hogar.

Se estarán preguntando, ¿cómo se relaciona todo esto? Pues permítanme explicarlo. 

Cuando decía que estar cerca del cuarto piso me da más libertad de hablar de ciertas cosas, me refería a que antes me causaba diez kilos de conflicto reconocerme dueña de mi propio placer, aunque lo he sido desde siempre, reconociendo los beneficios de la masturbación e incluso suscribiéndome al newsletter de un sitio que vende juguetes y hace porno para mujeres, que como yo lo interpreto, es porno con historia y toques de romance, por lo cual asumo que la industria de la pornografía no solo reconoce que las mujeres consumimos su producto, sino que somos unas románticas empedernidas.

La conversación conmigo misma llegó después de un orgasmo. Bueno, exactamente después de que al terminar se me encalambrara la nalga derecha y no me pudiera levantar de la cama, y cuando por fin lo logré, se me clavó una punzada en el talón, generada por supuesto por mi trabajo en el restaurante donde, aunque soy Gerente, me paso todo el día de pie. Después de dar un par de tumbos y tropezar con una silla, en vez de quejarme me dio un ataque de risa, pero no era risa por el placer del “auto-placer” ni porque “oh, qué torpe soy”, sino risa de imaginarme que, a estas alturas de mi vida, una noche completa de sexo salvaje, con salto desde el armario y posiciones kamasutrescas me costaría una inyección de Complejo B, dos anti-inflamatorios, unos tres Parches León (de esos que curan con calor) y probablemente un par de sesiones en fisioterapia. 

¿Estoy exagerando?, tal vez. ¿Se me hace gracioso estar así de desarmada?, no tanto. Lo que me genera placer es sentirme cada día más cómoda escribiendo sobre algo que hace tiempo me parecería vergonzoso. Hay que reconocer que nos estamos haciendo viejos sin drama, con la expectativa de las cosas que todavía podemos hacer aunque duelan (porque el nervio ciático no me va a robar mis años más cogibles), y con la convicción de que nuestras experiencias se vuelvan relatos graciosos y que nos saquen una risita y no que todo lo que le contemos al mundo sea sobre el pozo de desolación en el que solíamos vivir, que no está mal, pero me hizo feliz animarme a escribir esto y sobre todo, ver la vida con cauteloso optimismo. 



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