El blog de Érika

Escribo, para que la vida no pase en silencio


Diario

Volví a terapia. Lo sé, a mí también me suena a clickbait para que sigan leyendo, pero es que no es precisamente eso lo que me trajo hasta aquí. Claramente, reconocer (otra vez) que se tiene un problema y buscar un profesional (otra vez) porque las emociones son apabullantes (otra vez) y uno siente que la vida se le está saliendo de las manos (otra vez), se puede considerar de muchas maneras como un acto de heroísmo. Así lo veo yo ahora, pero al principio, lo único que rondaba por mi cabeza era “¿En serio?, ¿otra vez?”.

No, eso no significa que el trabajo que hizo la doctora en la primera temporada de nuestra serie (disponible en Netflix) haya sido en vano, al contrario, sané muchísimas cosas que me venía cargando desde chica y comprendí otras más que, aunque llegué a la conclusión de que no tienen mucha solución, por lo menos aprendí a no culparme o responsabilizarme por cosas sobre las cuales no tengo control, que básicamente fue lo que me llevó a tomar terapia en primer lugar. La razón por la que regresé estuvo más vinculada a una serie de eventos y situaciones en mi vida que me hicieron darme cuenta de que empezaba a sentirme cómoda en la piel de mi propia miseria y eso no está bien, ni aquí ni en ningún otro planeta. Validar las emociones es importante, darle campo a la tristeza y a los sentimientos negativos también lo es, pero darse cuenta de que se vive en un constante estado de infelicidad y que eso en vez de hacernos ruido nos genera confort, es para prender muchas alarmas.

Las ideas sobre “auto-desvivirme” me abandonaron hace tiempo, eso es bueno (supongo). No era eso, nada tenía que ver, al contrario, me encontraba en un punto bastante estable laboral y económicamente, viviendo una vida relativamente tranquila y con un estado de salud mejor de lo que ha estado en años, a pesar de mis malos hábitos, ya que no he vuelto a lidiar con indigestión o problemas respiratorios serios (hasta hoy, que estoy escribiendo esto con un resfriado medio maluco). Y, sin embargo, empecé a vivir en piloto automático pero, al mismo tiempo, en constante estado de alerta, dejando que el estrés me consumiera y sobre pensando cada situación en mi vida y en el trabajo, por más sencilla y estúpida que pareciera. Eso no es sano, por más que te sientas cómodo, tienes que salir de ahí.

En el mes de abril, antes de que mi mamá viniera, decidí probar lo que muchos me habían recomendado, que era utilizar la escritura como catarsis. Sin embargo, ya que la única inspiración que me llegaba era para escribir la novela y había perdido el ritmo para las anécdotas y las entradas de blog, decidí hacerle caso a tanto video de TikTok que me recomendaba comenzar un diario y practicar el journaling, que básicamente es lo mismo. La premisa de esto es que no se escribe para nadie más que para uno y es un momento para reflexionar y si se quiere, para apuntar las cosas por las cuales nos sentimos agradecidos.

Empecé, avancé, escribí y cuando iba como en la tercera página me di cuenta de varias cosas: 1. No me sentía agradecida por nada, o al menos no sentía ganas de escribirlo. 2. Entre más avanzaba el escrito que sería solo para mí, más me atacaba y me quejaba de mí misma, de mi indisciplina y mi capacidad innata de desperdiciar mi potencial. 3. Al final de ese primer intento de journaling, acabé más enojada conmigo que al principio, profundamente deprimida y sin ganas de vivir. Dejé de hablar con mis amigos más cercanos (mi único círculo de apoyo) por una semana, hasta que entre ellos se contactaron y mandaron a la más cercana a reventarme el celular a punta de llamadas telefónicas porque yo no aparecía.

Ojo, lo que estoy compartiendo aquí es una experiencia completamente personal, y me voy a explicar. Cada quien tiene que hacer y seguir las prácticas y rutinas que resuenen consigo mismos. Escribir un diario es algo bonito e interesante para no cargar todo en la cabeza y tener un apoyo. Llevar un planner (algo que tampoco se me da) ayuda muchísimo con temas de organización y optimización del tiempo. Mi mamá siempre ha sido buenísima para eso, llena cuadernos completos y así sabe qué cosas tiene pendientes. Yo, por mi parte, llevo recordatorios en el celular y en el calendario y algunas listas con viñetas.

Pero lo que comprendí después de esto es que a mí no me gusta escribir para mí, a mí me gusta escribir para los demás. Nunca me han avergonzado mis letras, aunque en ellas a veces plasme momentos de profunda vulnerabilidad. Siempre me ha gustado pensar que alguien al otro lado va a leer y conocerme mejor, sin necesidad de que yo tenga que dar una introducción (soy absolutamente introvertida, irónicamente), pero cuando escribo para mí soy muy cruel conmigo misma y no sé por qué. En cambio, cuando escribo para el blog o incluso una novela, soy esa versión de mí misma que quiero que la gente vea, la versión buena, la que quiero ser, porque a pesar de mi rabia conmigo, soy consciente de que es una exageración de mi ego y mi perfeccionismo.

Cuando tenía el blog en El Tiempo, era feliz de que la gente me comentara cómo se sentía identificada con lo que escribía. Incluso llegué a conocer gente increíble que simplemente empezó a seguirme porque mis letritas les vibraban bonito.

Sigo sin creer en manifestarle al universo y estoy trabajando arduamente en creerme eso de que las palabras tienen poder, a ver si me cambio el discurso y empiezo a contarme cosas más amables que me vayan limpiando el aura (manden matas de ruda por favor, que dicen que tengo la vibra pesada). Es un camino largo y ya que me arrimo vertiginosamente a los cuarenta, tengo la certeza de que puedo hacer mejor las cosas, de que puedo ser más amable conmigo y tener en mí la fe que me tienen mis amigos.

Hay que echarle ganas. ¡Tal vez más adelante, nos veamos en mi charla TED!



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